No me gustan muchas cosas de mi vida, siento que no supe diseñar mi felicidad, no me siento bien. No encajo, perdí mi puesto, perdí mi horizonte, perdí mi cielo. Me aburro con frecuencia, siempre debo vivir con lo que me tocó, siempre tengo que crear para ayudar a los demás. Siempre comparto mis pensamientos, mis ejecuciones, regalo mi paz. Nadie valora mi paz, nadie valora mis ideas. Sólo amo a mi gata, sólo ella me escucha, sólo ella me mira. Odio ese puto martillo que suena encima de mi techo. Odio haberme entregado a mi automedicación, odio tener que vivir una vida que me toca por no preocupar de más a mamá. Nunca pude elegir, a pesar de las opciones, me condicionaron a no elegir. Me condicionaron a chocar contra todo. A conseguir mis cosas a escondidas, como si hubiera nacido malo, me cambiaron el anhelo por la culpa. Odio ser feliz sólo cuando nadie habla, cuando el sol está lejos, cuando las demás mentes se apagan. Me odio por no haber sido valiente, me detesto y me siento ...
Tienes las manos empapadas de una valentía aparente; los ojos se pierden entre sí, cada uno parece ser un alma independiente. Andas, caminas, miras un árbol. ¿Qué ves? ¿Vida? ¿Muerte? Tal vez. Tu rutina baila al son del poder, un poder imaginario, más bien una idea bastarda materializada. La gente fuma, bebe, transfiere, consume. Operarios con voz amplificada. Un cortocircuito en tu oído, el acúfeno es el demonio heredado, un guardián ciego, inerte, pero omnipresente. Tiras pan, recoges hambre; a los ríos los reemplaza el llanto, al perro el cantor, al cantor la hojalata, el aluminio y el carbono. ¿Sol? ¿Para qué sol, si la mentira lo ha tapado? De un balazo se bajaron a la luna; la aparente calma estalló en formas de plumas muertas. El amor, el amor mató al mundo.
De verdad admiraba a mi papá. Era un personaje que hace parte de la historia de mi ciudad, de mi vida y así nunca haya vivido conmigo, puedo contar lo admirable que fue. Recuerdo que solía usar servilletas para hacerme dibujos, con un esfero del cuál se sentía orgulloso y que salía del bolsillo de su camisa. Montado en sus grandes carros, le encantaba andar, preguntar, conocer personas. su rico perfume olía a aventura, amaba a los animales más que a su vida. Nunca creí en Papá Noel, en el fondo mi hermano y yo sabíamos que sólo él era capaz de sorprendernos con algún regalo memorable. Nos llevaba al paraíso si era necesario; rara vez nos decía que no. Sí a todo: sí a comer arroz chino hasta reventar, sí a los mejores tenis, sí a largas horas paseando, sí a pasteles en La Dacha, sí a balones de fútbol, sí al cine, sí a manejar sus carros, que fuera cual fuera, para nosotros siempre era el mejor, la joya de la corona. Sí al presente, sí a vivir felices sin el peso del pa...
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